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    ArtículoMay 2026·9 min

    Cuando diseñar bien significa diseñar para todos

    Una mirada al diseño universal desde NaviLens: por qué la accesibilidad no es un parche que se añade al final, sino la manera de mirar que separa un proyecto correcto de un proyecto que cambia vidas.

    Retrato de José Miguel Nicolás Gómez
    José Miguel Nicolás GómezHead of Design & UX · NaviLens

    Hace no tantos años, si trabajabas en diseño gráfico tu mundo cabía en una mesa: un Mac y un montón de pruebas de color sobre papel. Hablábamos de «autopistas de la información» como si fueran el futuro, sin terminar de creernos del todo que aquello fuera a cambiar tanto. Y vaya si cambió.

    Hoy todo es instantáneo. Buscas un restaurante y tienes la carta, las reseñas, la ruta y la reserva en treinta segundos. Llegas a una ciudad nueva y el móvil te guía sin que te pares a preguntar. La información ha pasado de estar en sitios concretos —periódicos, oficinas de turismo, paneles de la estación— a estar en todos lados a la vez. Y los diseñadores nos hemos pasado las últimas dos décadas corriendo detrás de esa ola: de hacer carteles a hacer pantallas, de pensar en el ojo del lector a pensar en el dedo del usuario, de imprimir a programar.

    Pero en esa carrera por digitalizarlo todo se nos olvidó una cosa. Una bastante grande, además.

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    La brecha que nadie quería mirar

    Mientras unos cuantos celebrábamos cada nueva pantalla, cada nueva app, cada nueva forma de hacer las cosas más rápido, había gente para la que ese mundo nuevo no estaba diseñado. Personas ciegas o con baja visión que de pronto se encontraban con que la estación de metro de toda la vida —la que se sabían de memoria por los olores, los ruidos, el tacto de las barandillas— se reformaba y se llenaba de pantallas brillantes con información que ellas no podían leer. Personas con discapacidad cognitiva ante folletos llenos de texto. Turistas que no hablaban el idioma del país y se quedaban mirando un panel sin entender nada. Mayores que veían cómo los servicios públicos se mudaban a webs y apps que no sabían usar.

    A todo eso le llamamos brecha digital, brecha de accesibilidad, barrera del lenguaje. Tres muros distintos, pero parecidos: muros que separan a quien la información alcanza de quien se queda fuera.

    Y aquí es donde entra el diseño. Porque diseñar no es decorar. Diseñar es decidir quién entra y quién no. Cada vez que eliges un tamaño de letra, un contraste, un idioma, un símbolo o un soporte, estás dejando dentro a unos y fuera a otros. Lo hagas a conciencia o sin pensarlo. Y durante muchos años, casi todos hemos diseñado sin pensarlo.

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    La accesibilidad no es un parche, es una manera de mirar

    Hay un malentendido habitual en el sector. Mucha gente piensa que la accesibilidad es ese capítulo final del proyecto donde añades una versión en alto contraste, marcas los alt de las imágenes, y listo, casilla cumplida. Una capa más, como cuando le pones funda al móvil.

    Pero la accesibilidad de verdad no funciona así. Si la dejas para el final, lo que sale es un Frankenstein: un diseño pensado para una persona normativa al que después le has cosido a la fuerza ajustes para los demás. Y se nota. Los carteles con braille pegados como pegatinas en una esquina. Los audios descriptivos que parecen una nota a pie de página. Los menús de «modo accesible» escondidos en submenús de configuración.

    La accesibilidad universal —ese término que suena un poco grandilocuente pero describe bien la idea— propone otra cosa. Diseñar desde el principio pensando en que las personas que van a usar tu cosa son todas distintas. Algunas ven, otras no. Algunas leen rápido, otras tardan. Algunas hablan tu idioma, otras no. Algunas tienen prisa, otras paciencia. Algunas tienen las manos libres, otras llevan a un niño en brazos. Si diseñas para esa diversidad real, lo que te sale acaba siendo mejor para todo el mundo, no solo para las personas con discapacidad.

    El típico ejemplo: las rampas de los bordillos. Se hicieron pensando en las sillas de ruedas, pero hoy las usan los carritos de bebé, las maletas con ruedas, los repartidores con sus carros, los mayores que ya no levantan tanto el pie. Todo el mundo. Eso es diseño universal: una solución que no señala a nadie, que sirve a todos.

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    Señalética, ese arte invisible

    Una de las áreas donde esto se ve clarísimo es la señalética. Los carteles, las flechas, los iconos de los aeropuertos, los planos del metro, los avisos del museo. Esa capa de información gráfica que organiza el mundo físico para que la gente sepa dónde está y a dónde tiene que ir.

    La buena señalética es invisible. Cumple su función sin que repares en ella. Cuando reparas en ella, normalmente es porque está mal hecha: porque te has perdido, porque has tenido que parar a leerla con esfuerzo, porque no entendías el icono, porque estaba en un sitio donde no la viste.

    Pero esa invisibilidad solo existe si tú perteneces al grupo al que estaba dirigida. Si no ves bien, todas las señales del aeropuerto son invisibles de otra manera: no las puedes usar. Si no hablas el idioma, igual. Si tienes una discapacidad cognitiva y los iconos son ambiguos, igual.

    Ahí es donde los diseñadores tenemos un reto enorme que muchas veces no se nos enseña en la escuela: conocer los parámetros que hacen que una señal sea utilizable de verdad por toda la gente que pasa por delante. Contrastes mínimos. Tamaños relativos a la distancia de lectura. Iconografía contrastada con estudios reales, no solo «bonita». Combinaciones de canal (visual, sonoro, táctil). Idiomas y traducciones. Soportes redundantes para que si uno falla, otro responda.

    Esto no es ser técnico por ser técnico. Es ser responsable con lo que estás poniendo en la calle. Porque la señalética que diseñas va a estar ahí años. Y por delante van a pasar miles de personas distintas.

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    Aquí es donde aparece NaviLens

    Lo que hacemos en NaviLens nació justo de esta idea: ¿qué pasaría si un código colocado en una pared pudiera ser leído por cualquiera, sin que nadie tenga que apuntar con precisión, sin que importe la distancia, el ángulo o la luz, y devolviendo la información en el idioma que cada persona necesita?

    El punto de partida fue duro y sencillo a la vez. Los códigos QR son una herramienta brillante, pero piden algo que muchas personas no pueden hacer: ver el código, acercarse a él, encuadrarlo con precisión. Para una persona ciega, encontrar un QR en una pared es como buscar una llave que no sabes dónde se cayó. Y una vez lo encuentras, la información que te abre suele ser una web pensada para alguien que ve. La accesibilidad, otra vez, como parche.

    Los códigos NaviLens funcionan distinto. Están diseñados para ser detectados a distancia —hasta 30 metros— y en movimiento, sin tener que apuntar. Los lee la cámara del móvil aunque pases caminando, aunque estén ladeados, aunque haya poca luz. Y la información asociada se entrega de la forma que cada usuario necesita: audio para quien no ve, lectura simplificada para quien tiene dificultades cognitivas, lengua de signos para personas sordas, traducción automática a más de cuarenta idiomas para quien acaba de bajar de un avión y no entiende dónde está.

    Y aquí es donde lo del diseño universal aparece otra vez con fuerza. Los códigos NaviLens no son una solución solo para personas ciegas. Son una solución que empieza ahí, en el caso más exigente, y de paso resuelve muchísimas otras cosas. El turista chino que llega a Murcia y quiere saber qué hay en el museo. El niño que todavía no sabe leer y escanea con el móvil de su padre. La persona mayor que prefiere que el cartel le hable a tener que ponerse las gafas. El comprador con baja visión que necesita saber qué lleva ese envase del supermercado.

    Cuando diseñas pensando en quien más lo necesita, suele salir algo que sirve a quien creías que no lo necesitaba. Eso es lo bonito de esta forma de trabajar.

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    Lo que hemos aprendido por el camino

    Llevamos años poniendo códigos en sitios muy diferentes: estaciones de metro de Madrid, Bilbao, Barcelona, Nueva York, Múnich. Recintos como IFEMA o el Mobile World Congress. Productos de consumo en estanterías de supermercados. Museos, paradas de autobús, hoteles, ferias, ayuntamientos, hospitales, universidades. Cada implantación nos ha enseñado algo.

    Y casi siempre lo mismo, en el fondo: que la accesibilidad no es un favor que se hace a un colectivo. Es una manera de subir la calidad de uso para todo el mundo. Un letrero accesible es un letrero mejor. Una señalética inclusiva es una señalética más eficiente. Un envase con información accesible es un envase con información mejor explicada, punto.

    Cuando una marca como Kellogg's, Coca-Cola o L'Oréal incorpora códigos accesibles en su packaging, no está haciendo «marketing social». Está haciendo que su producto pueda ser leído, entendido y comprado por más personas. Está ampliando su base de clientes posibles. Está cumpliendo con normativas como la European Accessibility Act que entran en vigor sin pedir permiso. Y de paso está haciendo lo correcto, claro. Pero lo correcto y lo útil aquí van de la mano.

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    El papel del diseñador de hoy

    Vuelvo al principio. Si hace unos años el oficio era mover píxeles bonitos, hoy es algo más. Hoy un diseñador gráfico que se precie tiene que saber:

    • Que un contraste insuficiente deja fuera a millones de personas con baja visión.
    • Que un cuerpo de letra de seis puntos en una etiqueta de medicamento puede ser una barrera de salud pública.
    • Que los iconos que tan claros nos parecen a nosotros pueden ser un jeroglífico para alguien con autismo o con discapacidad cognitiva.
    • Que una web preciosa puede ser literalmente inutilizable con un lector de pantalla si nadie pensó en ello.
    • Que pintar una pared del museo en color crema queda muy elegante pero confunde a quien tiene una pérdida visual parcial.

    Saber estas cosas no es ser un experto en accesibilidad. Es ser diseñador, hoy. La accesibilidad no es una especialización aparte que decides hacer si te interesa el tema. Es parte del oficio, como saber elegir una tipografía o usar la rejilla.

    Y la buena noticia es que las herramientas existen, las pautas están escritas, y hay gente —nosotros entre otros— que llevamos años trabajando para que quienes toman decisiones de accesibilidad en sus organizaciones tengan referencias claras, soluciones probadas y casos reales en los que apoyarse. La accesibilidad ha dejado de ser ese tema vago del que se hablaba al final de los congresos. Es central. Y va a serlo cada vez más.

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    El futuro: que todo esto deje de ser noticia

    La meta es esa, en realidad. Que llegue un momento en que escribir un artículo como este suene raro, porque ya no haya que defender lo evidente. Que un cartel con NaviLens, un envase con información accesible o una estación con audio descriptivo no se vean como «una iniciativa pionera» sino como lo normal. Como las rampas de los bordillos. Como los subtítulos en la tele. Como el ascensor.

    Hasta entonces, los que nos dedicamos a esto vamos a seguir poniendo códigos, formando a equipos, publicando experiencias, equivocándonos a veces y aprendiendo siempre. Porque cada vez que una persona ciega entra sola a una estación que no conocía y llega sin ayuda a su andén, o cada vez que un turista entiende una ciudad nueva sin perderse, o cada vez que una persona mayor compra el producto correcto porque por fin el envase le habla, todo este trabajo cobra sentido.

    "El diseño bien hecho tiene esa cosa. No se nota cuando funciona, pero cambia vidas sin ruido. Y de eso va este oficio, al final."
    — José Miguel Nicolás

    Gracias por leer hasta aquí. Nos vemos en el próximo artículo, si el diseño nos lo permite.